sábado, 8 de agosto de 2015

PONCE DE LEÓN ( I ): PUERTO RICO

Comenzamos nuestra galería de personajes con el primer europeo conocido que arribó a las costas de los futuros Estados Unidos. Estamos hablando de Juan Ponce de León.

En contra de lo que su nombre hace suponer, el conquistador no nació en la ciudad de León sino en la pequeña localidad vallisoletana de Santervás de Campos (1460) en el seno de una familia noble. Se crió en Sevilla en casa de un pariente y fue paje del rey Fernando el Católico; su inclinación a las armas lo llevó a tomar parte en la reconquista de Granada, después de lo cual prefirió embarcarse al Nuevo Mundo recién descubierto en vez de afincarse definitivamente en la Península, probablemente en el segundo viaje de Colón (1493).

Unos años después el gobernador de Las Antillas, Baltasar de Ovando, le encargó, tras la conquista de la isla La Española (1503) el gobierno de una de las nuevas provincias. Desde allí, Ponce de León salta a la primera fila de la historia tomando la iniciativa en una nueva aventura: la conquista de Borinquén, la actual Puerto Rico. Esta ambición le llevó a enfrentarse al hijo del descubridor, Diego Colón, que creía poseer el derecho a todas las tierras descubiertas por su padre. Sin embargo, el rey termina por apoyarle y en 1508 funda el primer asentamiento, Cáparra. La colonización de la isla es rápida: las armas de los nativos son muy primitivas, pelean sin apenas defensas y Ponce cuenta con la inestimable alianza del cacique Agüeybana y la ayuda de los temibles perros de batalla españoles. Entre estos destacaba su legendario can: el fiel alano Becerrillo, que por su astucia y eficacia tenía derecho a doble ración de carne y a sueldo de ballestero. El rey Fernando otorgó a la isla el primer escudo de armas de América, por lo que nuestro protagonista otorgó a Cáparra el nuevo nombre de San Juan de Puerto Rico.

Convertido en gobernador, entramos ahora en una de las caras oscuras de nuestro personaje. Ponce de León, en vez del objetivo original de evangelizar a los indígenas, los puso a trabajar en las minas de oro explotando al máximo los recursos de la isla. Esto propició la rebelión de los caribes y los arahuacos tras la muerte del fiel cacique Agüeybana y el comienzo de una revuelta que terminó con la vida de la mitad de los españoles, paralizando la producción de oro. Pero Ponce de León organizó la defensa, logrando dispersar a los rebeldes y sofocando la revuelta. En ella los perros como Becerrillo tomaron un importante papel al capturar a los indios prófugos.

Se cuenta que unos soldados obligaron a una anciana india a llevar una carta a Ponce de León a la capital, pero en cuanto se dio la vuelta y echó a andar le soltaron a Becerrillo para matarla. El inteligente animal corrió hacia ella, pero en cuanto la alcanzó esta se arrodilló ante él suplicándole clemencia, porque era aliada de los cristianos. El perro husmeó la carta, orinó en torno y se marchó sin hacerle daño. Los bromistas, avergonzados, creyeron que Dios había intervenido para salvar a la inocente indígena. Ponce de León, enterado del suceso, mandó ponerla en libertad.

Pero las actividades del gobernador de Puerto Rico llegaron a oídos de la Corona; se obligó a Ponce de León a devolver parte de las ganancias y a ceder el puesto a Diego Colón. Sin embargo, sus hazañas no terminan aquí. En el siguiente artículo veremos a qué nuevas tierras lo impulsó su sed de gloria. Atrás dejaba una isla despoblada por la guerra, los trabajos forzados y las enfermedades traídas de Europa contra las cuales los indios no contaban con defensas apropiadas. Otros serían los que la habitarían en adelante.

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